Amores indiscretos

La noche del jueves volví andando a casa después del concierto. Había dejado de lloviznar pero las calles seguían brillando en su destemplanza.

Al cruzar por el parque me fijé en él. Estaba en el rincón favorito de las parejas, sentado en el respaldo húmedo del banco de madera. Tenía puesta la capucha de su cazadora, pero pude intuir su sonrisa iluminada por la luz del móvil.

La vídeo-llamada tenía voz de mujer y ambos parecían enfrascados en una conversación llena de confidencias y palabras dulces.

No se percató de mi presencia porque al acercarme caminé un rato de puntillas para que el taconeo de mis botas no rompiese la magia. De ese modo pude escuchar un: “intentaré conectarme mañana a la misma hora”… y un: “te quiero” al otro lado de la pantalla.

Apuré el paso, ellos necesitaban intimidad y yo apoyar de nuevo mis talones en el suelo.

Humedad

No importa lo fríos que se sienten los azulejos en la espalda…

Entre piel y piel apenas queda un resquicio para que la lluvia jabonosa se disperse de manera uniforme, tal vez forme un pequeño charquito en el valle que une ambos pechos.

Lenguas enredadas en un frenesí de besos empapados, impacientes, sedientos, se beben las gotas que resbalan por el cuello.

Manos grandes aferrándose a los muslos, manos más pequeñas clavándose en la espalda.

No existe un abrazo más intenso, más desesperado…

El agua caliente censura la escena poniendo un velo húmedo al vidrio de la mampara.

Perder…

Soy un desastre… ¡lo pierdo todo!

Las llaves, el autobús de las seis, la lista de la compra que llevaba en el bolsillo.

La semana pasada, sin ir más lejos, perdí un calcetín. Se lo debió tragar la lavadora y ahora, cada vez que abro el cajón de la cómoda, me topo con la mirada interrogante y desconsolada del pobre calcetín desparejado. Me da lástima tirarlo, pobrecico, ¿y si aparece su compañero?

Rara vez pierdo los papeles y el buen humor, aunque alguna vez he perdido la paciencia. También pierdo con frecuencia el hilo de la conversación, eso me pasa por parlanchina.

Lo que no pierdo nunca es el apetito, será por eso que no pierdo peso, bueno sí… el otro día perdí alrededor de 2000 calorías, se me quemó la empanada de bacalao que tenía en el horno. No perdí los nervios pero sí perdí la noción del tiempo.

Eso me pasa cada vez que me dedicas esa sonrisilla picaruela y yo… pues claro, me pierdo en tus ojos.

Menos mal que aún no he perdido la cabeza, la vergüenza sí, esa la perdí hace siglos o tal vez nunca la tuve.

He perdido la oportunidad más de una vez, pero eso es algo que no me quita el sueño porque la vida está llena de oportunidades.

Puestos a perder, prefiero perder el tiempo de vez en cuando, es muy gratificante.

Pero a ti… a ti si que no quiero perderte.

Final feliz del cuento

Surgió el amor y cambió el cuento.

Paseaban felices cogidos de la mano entre los helechos de aquel bosque frondoso.

Ella, envuelta siempre en su capa roja, se acurrucó entre sus brazos.

Y él, feroz, se la comió… a besos.


Xurdiu o amor e mudou o conto.

Paseaban ledos collidos da man entre os fentos daquela fraga frondosa.

Ela, envolta sempre na súa carapucha vermella, acubillouse nos seus brazos.

Él, feroz, comeuna… a bicos.

Mi primer Haiku

La cultura japonesa tiene a mi hijo mayor fascinado desde hace unos años.

Practica el arte de su caligrafía “shodo”, memoriza “kanjis” constantemente, acude feliz a sus clases en la escuela de idiomas, lee todo lo que cae en sus manos al respecto y a mí… pues se me cae la baba.

Siempre que le regalo libros quiere que se los dedique. Hoy le traje dos del maestro Basho y me lanzó el reto.

_ Recuerda: son cinco, siete y cinco sílabas, me dijo.

Naturalmente acepté el reto.

La vida da muchas vueltas

Apuraba el paso para no llegar tarde a la función cuando lo vio sentado en las escaleras de la sucursal bancaria. Al pasar a su altura pudo leer el cartel que sostenía en sus manos y que rezaba: “La vida da muchas vueltas. Sin familia, sin recursos, necesito pagar la habitación”.

Nunca daba dinero a los que pedían en la calle, pero esta vez un extraño impulso hizo que se detuviese, palpó la moneda dentro del bolsillo de su abrigo y dio la vuelta. Depositó los dos euros en el vaso de plástico y se miraron a los ojos… Ella esbozó una tenue sonrisa, él bajó la cabeza y musitó un apenas audible gracias.

Había dejado de llover pero la calle aún brillaba bajo el reflejo de las farolas. Mientras repasaba mentalmente los detalles de la tediosa obra que acababa de ver, le dio una vuelta más a la bufanda tratando de abrigarse también la nariz. Tenía los pies helados dentro de las botas. Estaba deseando llegar a casa.

Casi tres horas después, él seguía en la misma posición, sentado cabizbajo en las escaleras del banco. Mientras se aproximaba volvió a fijarse en sus preciosas manos, los zapatos limpios, el distinguido porte y la mirada ausente. Nunca supo explicar que la impulsó a hacerlo…

Cuéntame tu historia _ le pidió sentándose a su lado. Él tardó un par de minutos en mirarla a los ojos y despegar los labios…

Es cierto, la vida da muchas vueltas. Hoy comparten el mismo techo, ella no ha vuelto a tener los pies fríos y de vez en cuando van juntos al teatro.

Mensaje

Aún guardaba la sonrisa de aquellos ojos oliváceos en el corazón.

Se acercó a la orilla dejando que el mar le lamiese los pies,

sintiendo como la arena se daba a la fuga bajo las pisadas

y la brisa jugaba traviesa con su vestido.

¿Sigues teniendo el pelo al compás del viento? – leyó…

Hay mensajes que sientan tan bien como una caricia en la espalda.

Aquelarre literario

De lo que se come se cría, dice el refrán, por eso pensó que lo más apropiado sería prepararse una suculenta sopa de letras”.

Añadió también al humeante caldero unos arenques ricos en Omega 3, por aquello de mantener saludables las células del cerebro. Unas nueces para mejorar la memoria y un puñado de arándanos para prevenir fallos en las neuronas.

No era esta lo que se dice una receta muy ortodoxa, pero bueno… tal vez funcionase y , con suerte, llegaría con los “deberes” hechos a su primer aquelarre literario. Mientras removía aquel mejunje hizo un poco de autocrítica.

Cierto era que su musa la había abandonado, se fue de vacaciones al sur porque tanta lluvia la estaba dejando mustia, pero no sería justo culparla a ella del problema. La culpa más bien la tenía esa manía suya de dejarlo todo para última hora.

Estaba segura que sus nuevas compañeras del “taller de escritura para meigas“, habrían preparado su tarea con esmero y suficiente antelación, pero ella, que siempre se las apañaba para tener mil frentes abiertos, era la reina de la procrastinación… bueno, en este caso la bruja de la procrastinación.

Y ahora estaba allí, de pie frente al atril, rodeada de 13 pares de cautivadores ojos pendientes de sus palabras. Respiró hondo, carraspeó levemente para aclarar la voz, e inició su lectura…

De lo que se come se cría, dice el refrán, por eso pensó que lo más apropiado sería prepararse una suculenta sopa de letras”.

“HOGAR” un poema de Warsan Shire

Nadie abandona su hogar a menos que su hogar sea la boca de un tiburón.

Solo corres hacia la frontera cuando ves que toda la ciudad también lo hace.

Tus vecinos corriendo más deprisa que tú, con aliento de sangre en sus gargantas.

El niño con el que fuiste a la escuela, que te besó hasta el vértigo

detrás de la fábrica, sostiene un arma más grande que su cuerpo.

Solo abandonas tu hogar cuando tu hogar no te permite quedarte.

Nadie deja su hogar a menos que su hogar le persiga,

fuego bajo los pies, sangre hirviendo en el vientre.

Jamás pensaste en hacer algo así hasta que sentiste el hierro ardiente

amenazar tu cuello.

Pero incluso entonces cargaste con el himno bajo tu aliento,

rompiste tu pasaporte en los lavabos del aeropuerto,

sollozando mientras cada pedazo de papel te hacía ver

que jamás volverías.

Tienes que entender que nadie sube a sus hijos a una patera

a menos que el agua sea más segura que la tierra.

Nadie abrasa las palmas de sus manos bajo los trenes, bajo los vagones,

nadie pasa días y noches enteras en el estómago de un camión,

alimentándose de hojas de periódico, a menos que

los kilómetros recorridos signifiquen algo más que un simple viaje.

Nadie se arrastra bajo las verjas, nadie quiere recibir los golpes ni dar lástima.

Nadie escoge los campos de refugiados

o el dolor de que revisen tu cuerpo desnudo.

Nadie elige la prisión, pero la prisión es más segura que una ciudad en llamas,

y un carcelero en la noche es preferible

a un camión cargado de hombres con el aspecto de tu padre.

Nadie podría soportarlo, nadie tendría las agallas,

nadie tendría la piel suficientemente dura.

Los: “váyanse a casa, negros”, “refugiados”, “sucios inmigrantes”,

buscadores de asilo”, “quieren robarnos lo que es nuestro”,

negros pedigüeños que huelen raro”, “salvajes”,

destrozaron su país y ahora quieren destrozar el nuestro”.

¿Cómo puedes soportar las palabras, las miradas sucias?

Quizás puedas, porque estos golpes son más suaves

que el dolor de un miembro arrancado.

Quizás puedas porque estas palabras son más delicadas

que catorce hombres entre tus piernas.

Quizás porque los insultos son más fáciles de tragar que el escombro,

que los huesos, que tu cuerpo de niña despedazado.

Quiero irme a casa, pero mi casa es la boca de un tiburón.

Mi casa es un barril de pólvora,

y nadie dejaría su casa a menos que su casa le persiguiera hasta la costa,

a menos que tu casa te dijera que aprietes el paso,

que dejes atrás tus ropas, que te arrastres por el desierto,

que navegues por los océanos,

naufraga, sálvate, pasa hambre, suplica, olvida el orgullo,

tu vida es más importante”.

Nadie deja su hogar hasta que su hogar se convierte

en una voz sudorosa en tu oído diciendo:

Vete, corre lejos de mí ahora.

No sé en qué me he convertido, pero sé

que cualquier lugar es más seguro que éste”.

Dios me quiere…

Dios me quiere… sí, me quiere.

O eso o es que le caigo la hostia de simpática porque, vamos a ver:

No es normal que NUNCA se me caiga la tostada por el lado de la mermelada. Se me cae dentro del tazón del colacao salpicándolo todo, eso sí, luego tengo que “pescarla” con los dedos pero, ¿y lo rica que está así, empapada y chorreante?

No es normal que salga tres veces a la calle un viernes borrascoso de diciembre, y justo cuando entro por la puerta de mi casa se desate el diluvio universal, como si los nubarrones estuvieran aguantándose las ganas de soltar el chaparrón hasta saberme a cubierto. ¡Que ni he tenido que abrir el paraguas, oiga!, menos mal porque cargada con la mochila del gimnasio y las dos bolsas del súper, habría tenido que sujetarlo con los dientes.

No es normal que, de camino al teatro, pille todos los semáforos en verde. El de Pizarro, el del cruce con Gran Vía, todos los de la calle Venezuela y hasta el del concello. A veces pruebo a chasquear los dedos cuando me aproximo a ellos y … ¡funciona!, chasquido/verde, chasquido/ verde, chasquido/¡verde!, es como si tuviera superpoderes. Camino, y a mi paso se encienden las farolas, ¡es alucinante!

Mi amiga Lola dice que hay días en los que la vida nos besa… no sé, de lo que estoy segura es que no tengo superpoderes, por eso creo que Dios me quiere.

Aunque, pensándolo bien, tal vez sean las sonrisas que me dedicas cada mañana las que obren estos milagros.