Dios me quiere…

Dios me quiere… sí, me quiere.

O eso o es que le caigo la hostia de simpática porque, vamos a ver:

No es normal que NUNCA se me caiga la tostada por el lado de la mermelada. Se me cae dentro del tazón del colacao salpicándolo todo, eso sí, luego tengo que “pescarla” con los dedos pero, ¿y lo rica que está así, empapada y chorreante?

No es normal que salga tres veces a la calle un viernes borrascoso de diciembre, y justo cuando entro por la puerta de mi casa se desate el diluvio universal, como si los nubarrones estuvieran aguantándose las ganas de soltar el chaparrón hasta saberme a cubierto. ¡Que ni he tenido que abrir el paraguas, oiga!, menos mal porque cargada con la mochila del gimnasio y las dos bolsas del súper, habría tenido que sujetarlo con los dientes.

No es normal que, de camino al teatro, pille todos los semáforos en verde. El de Pizarro, el del cruce con Gran Vía, todos los de la calle Venezuela y hasta el del concello. A veces pruebo a chasquear los dedos cuando me aproximo a ellos y … ¡funciona!, chasquido/verde, chasquido/ verde, chasquido/¡verde!, es como si tuviera superpoderes. Camino, y a mi paso se encienden las farolas, ¡es alucinante!

Mi amiga Lola dice que hay días en los que la vida nos besa… no sé, de lo que estoy segura es que no tengo superpoderes, por eso creo que Dios me quiere.

Aunque, pensándolo bien, tal vez sean las sonrisas que me dedicas cada mañana las que obren estos milagros.