Un 8 de marzo esperanzador

Iba siempre hecho un pincel, con la raya de los pantalones perfectamente planchada, aunque él nunca tuvo una plancha en sus manos… ya se ocupaba ella.

Como por arte de magia su ropa aparecía preparada cada mañana sobre la silla, vestía elegante pero jamás se compró ni un triste calzoncillo… ya se ocupaba ella.

Los zapatos siempre perfectamente lustrados… naturalmente gracias a ella.

Era de paladar exigente, siempre a mesa puesta, nunca tuvo necesidad de freírse un huevo o abrir una lata de sardinas… para eso estaba ella.

El ritual venía repitiéndose a diario desde hacía más de medio siglo. Después de comer ella le servía su café, en vaso, con una gotita de leche y dos cucharadas de azúcar. He visto a lo largo de los años esas manos, ahora más torpes y arrugadas, servir sumisas ese café.

No sé si habrá sido por mi insistencia, pero me han dado ganas de levantarme y aplaudirla cuando el domingo la escuché dirigirse a él y decirle: “y a partir de hoy, el azúcar te lo sirves tú”.

Compuesto y sin novia

Me han hackeado la tarjeta de crédito. No es la primera vez, así que la sensación de vulnerabilidad ha sido menos acusada. Lógicamente me he puesto en contacto con mi entidad bancaria para advertirles del cargo fraudulento y hemos iniciado el protocolo acostumbrado.

Lo primero anular dicha tarjeta, y después rastrear los movimientos efectuados con la misma. El apunte sospechoso provenía de algún lugar de Londres y se realizó la víspera de San Valentín, aunque yo me percaté del mismo tres días después.

Lo curioso de este asunto ha sido el modus operandi del presunto ladronzuelo. El individuo/a en cuestión se ha gastado en flores el equivalente a 120 libras esterlinas, ya que la primera operación nos conduce a una floristería londinense. Pero ahí no se queda la cosa, al día siguiente intentó usarla de nuevo, hasta en tres ocasiones, esta vez en un restaurante exótico. Pero ya no le funcionó, el pago fue denegado sucesivamente.

No he podido evitarlo… Me he puesto a fantasear otra vez y he visto con claridad la embarazosa situación.

Él se remueve nervioso en la silla mientras balbucea una excusa torpe ante la mirada inquisitiva y amenazante del camarero. Ella, con evidente disgusto, está empezando a sospechar que su madre tiene razón cuando le advierte que ese muchacho no es “trigo limpio”.

La tensión va “in crescendo” cuando aparece en escena el dueño del restaurante alarmado por el alboroto. Los comensales de las mesas aledañas han empezado a prestar atención a la azorada pareja, mientras murmuran y hacen gestos reprobatorios censurando su comportamiento. Visiblemente alterada ella se ha levantado de la mesa. Tras dedicarle un exabrupto y arrojarle las flores a la cara, ha salido disparada entre sollozos hacia la puerta.

El autor de tan “romántico” fraude se deja conducir a las cocinas sin oponer resistencia. Tan solo deseaba impresionarla, y ahora solo desea que la tierra se lo trague. Había imaginado terminar la noche de San Valentín de un modo más placentero pero lo más probable es que termine, en el mejor de los casos, fregando platos en las cocinas de un restaurante exótico.

Lo siento por ti chaval, has sido muy torpe, yo he recuperado mi dinero a las 24 horas, pero tú… Tú te has quedado compuesto y sin novia.

Se disipó la niebla

Aquella historia llevaba estancada en su escritorio… ¿cuántos?, ¿seis años por lo menos?

Cierto que en todo ese tiempo había publicado más de setenta artículos sin mayores dificultades, pero ese en concreto se le había atragantado. Infinidad de veces se sentó frente al ordenador con el firme propósito de terminarlo, pero nunca estaba satisfecho con el resultado. Tal vez era demasiado exigente consigo mismo…

Recordó el consejo: cuando te bloquees, para y sal a caminar.

La tarde estaba brumosa y desapacible, aun así decidió probar suerte. Tal vez un paseo por la playa le ayudase a desenredar las ideas.

Y fue entonces, por azar y en medio de la niebla, cuando se encontró con ella: Han pasado seis largos años… No necesitaron decirse nada más, sus miradas hablaron por los dos. Aquel apasionado abrazo fue más que suficiente, ahí estaba su musa sonriéndole otra vez.

El artículo se publicó a la mañana siguiente.

Averiado…

Su jefe era un imbécil, aguantaba sus broncas porque le hacía falta el trabajo.

Ahora lo único que necesitaba era llegar a casa, abrir una cerveza, tirarse en el sofá y olvidarse de todo… especialmente de ella.

“Fuera de servicio por labores de mantenimiento, disculpen las molestias”. Apretó los dientes y empezó a subir el montón de escaleras que conducían a su barrio.

“Hay días tontos y tontos todos los días”, pensó. Pero lo que más dolía era la traición… el amor de su vida le había dejado por otro, más guapo, con más pasta, más en forma…

Y mientras ella se lo pasaba en grande con el imbécil, él tenía el corazón igual que el ascensor… averiado.

Amores indiscretos

La noche del jueves volví andando a casa después del concierto. Había dejado de lloviznar pero las calles seguían brillando en su destemplanza.

Al cruzar por el parque me fijé en él. Estaba en el rincón favorito de las parejas, sentado en el respaldo húmedo del banco de madera. Tenía puesta la capucha de su cazadora, pero pude intuir su sonrisa iluminada por la luz del móvil.

La vídeo-llamada tenía voz de mujer y ambos parecían enfrascados en una conversación llena de confidencias y palabras dulces.

No se percató de mi presencia porque al acercarme caminé un rato de puntillas para que el taconeo de mis botas no rompiese la magia. De ese modo pude escuchar un: “intentaré conectarme mañana a la misma hora”… y un: “te quiero” al otro lado de la pantalla.

Apuré el paso, ellos necesitaban intimidad y yo apoyar de nuevo mis talones en el suelo.

La vida da muchas vueltas

Apuraba el paso para no llegar tarde a la función cuando lo vio sentado en las escaleras de la sucursal bancaria. Al pasar a su altura pudo leer el cartel que sostenía en sus manos y que rezaba: “La vida da muchas vueltas. Sin familia, sin recursos, necesito pagar la habitación”.

Nunca daba dinero a los que pedían en la calle, pero esta vez un extraño impulso hizo que se detuviese, palpó la moneda dentro del bolsillo de su abrigo y dio la vuelta. Depositó los dos euros en el vaso de plástico y se miraron a los ojos… Ella esbozó una tenue sonrisa, él bajó la cabeza y musitó un apenas audible gracias.

Había dejado de llover pero la calle aún brillaba bajo el reflejo de las farolas. Mientras repasaba mentalmente los detalles de la tediosa obra que acababa de ver, le dio una vuelta más a la bufanda tratando de abrigarse también la nariz. Tenía los pies helados dentro de las botas. Estaba deseando llegar a casa.

Casi tres horas después, él seguía en la misma posición, sentado cabizbajo en las escaleras del banco. Mientras se aproximaba volvió a fijarse en sus preciosas manos, los zapatos limpios, el distinguido porte y la mirada ausente. Nunca supo explicar que la impulsó a hacerlo…

Cuéntame tu historia _ le pidió sentándose a su lado. Él tardó un par de minutos en mirarla a los ojos y despegar los labios…

Es cierto, la vida da muchas vueltas. Hoy comparten el mismo techo, ella no ha vuelto a tener los pies fríos y de vez en cuando van juntos al teatro.