Tus zapatos, mis zapatitos

Cada día tratabas inútilmente de explicármelo, pero yo persistía en un desconsolado berrinche. Finalmente sonreías, me dabas un beso y te marchabas.

Yo me tiraba al suelo para ver, por debajo de la puerta, como tus zapatos se alejaban por el pasillo hasta desaparecer al llegar a las escaleras. Luego me levantaba y corría a buscar los brazos de mamá que me aupaban a la ventana. Y tú, desde la calle, te girabas y nos saludábamos con la mano.

Y así un día tras otro, hasta que volvías del trabajo y el sonido de la llave en la cerradura ponía alas en mis zapatitos, y corría a abrazarte gritando por el pasillo la primera palabra que aprendí a pronunciar… “papá, papá, papá”.

A mi casa los Reyes Magos vienen todos los días

De todos los árboles de nuestro jardín, los favoritos de mi padre siempre fueron los naranjos.

Siendo niña, recuerdo haberle preguntado la mañana de un seis de enero, después de abrir entusiasmada todos mis regalos…

“¿Papá, y a ti que te traían los reyes cuando eras pequeño?”

Se echó a reír y luego me contó que, en aquellos tiempos, los Magos de Oriente no solían pasar por la montaña luguesa.

Mi padre fue el noveno de 12 hermanos y, según sus propias palabras, el más trasto con diferencia de todos ellos. tardó bastante en dar el “estirón”, hasta los 17 años no creció lo que debía por lo que fue un niño bajito comparado con los de su edad, pero aún así era bastante pendenciero. Si había que pelearse con los chiquillos de la aldea vecina él siempre estaba dispuesto, aunque luego tuviesen que sacarle del apuro sus hermanos más mayores.

Pero a pesar de sus continuas travesuras, sí recordaba que una vez los Reyes Magos pasaron por su casa y le dejaron bajo la almohada un precioso regalo… ¡DOS NARANJAS!

Dos deliciosas naranjas que fue saboreando gajo a gajo como el mayor de los manjares en los días siguientes. Nunca antes había comido nada tan sabroso.

Pero eso fue antes de que a su padre un “cólico miserere” (peritonitis) se lo llevase al otro mundo, estallase la guerra civil, y mi pobre abuela se quedase viuda con dos hijos combatiendo en el frente, otro emigrado en Argentina, y haciendo milagros para sacar adelante al resto.

Aquel niño travieso no volvió a recibir regalos de reyes, tal vez por eso siempre procuró que a su adorada hijita nunca le faltasen.

Todas las mañanas me preparo un vaso grande de zumo de naranja antes de desayunar y pienso en mi padre… por eso digo que “a mi casa los Reyes Magos vienen todos los días”.

(En la foto, del año 1993, mi padre y mi hijo pequeño comparten una naranja del jardín).

Noche de Reyes

Mi padre siempre tuvo un trato muy cercano y amistoso con sus majestades, los Reyes Magos de Oriente, debía ser porque su trabajo por las mañanas le tenía recorriendo Madrid de un lado a otro y coincidían con frecuencia cuando ellos visitaban la ciudad.

Le gustaba mucho alardear ante mí de esos encuentros y a menudo me hablaba de ellos. Desde principios de diciembre, al llegar a casa al mediodía, muchas veces me sentaba en sus rodillas y me preguntaba: “¿sabes a quién he visto hoy?”

A mí se me abrían los ojos como platos mientras él me relataba su encuentro con Melchor en la calle Fuencarral, o las charlas con Baltasar mientras ambos aguardaban para hacer transbordo en la línea de metro de Ópera, o el café con churros que se había tomado por la mañana en Atocha con Gaspar.

Después yo le bombardeaba a preguntas acerca de si ya habían recibido mi carta, si le habían hablado de mí, si había visto también a los camellos, si estos iban muy cargados…

Nuestra ilusionante conversación solía interrumpirse cuando mamá anunciaba desde la cocina que la mesa estaba puesta y la comida servida en los platos, que nos dejásemos de cháchara e hiciésemos el favor de sentarnos de una santa vez antes de que se enfriase el guiso y luego no estuviese tan rico.

Entonces yo comenzaba a comer con mi desgana habitual, moviéndome inquieta en la silla, mientras por mi cabecita bullía todo un desfile de regalos, camellos, magos y sorpresas…

Por aquel entonces, los niños no conocíamos aún al señor gordito vestido de rojo que dice “ho, ho, ho”, y la noche del cinco de enero era, sin duda, la más especial y mágica de todo el año.

Os deseo a todos una noche de Reyes muy feliz.

Xan de Rafael de Roque

Chámase Asunción Do Pacio, ainda que todos a coñecemos como Asunción “Darriba”. Cumpriu xa os 98 anos pero aínda conserva unha lucidez e una memoria admirables. Meu avó e máis ela eran fillos de irmáns. Teño lembranzas de Asunción arranxando sempre a igrexa de Santa Mariña de Esmeriz, era ela a que se ocupaba de mantela limpa e adornada de flores. Encargábase tamén de dirixir o rosario, axudaba na misa e sabía moitas lendas e contos populares. Hai uns días recibín a gravación dun romance recitado de memoria por ela que me pareceu unha maravilla e quero compartila con todos vós. Pescudei a orixe de tal romance pero non atopei datos dabondo, se alguén sabe da historia de Xan de Rafael de Roque agradecería moito a información. É un magnífico exemplo de literatura de tradición oral, e tamén un valioso testimonio da sabiduría que atesouran os nosos maiores.

Aquí podedes escoitar a Asunción recitando o romance.

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E esta é a transcrición que fixen do texto tal e como ela o parrafea:

Xan de Rafael de Roque,
mozo robusto e valente,
tomou amores con Carmen
de Rosa de San Clemente.

Carmela era unha rapaza
ghuapa como unha paloma
que o vela bailar parecía
unha muñeca de ghoma.

Por eso Xan se entusiasmou
por ela con tanto afán
para donde iba Carmela
iban os ollos de Xan.

Xa había unha temporadiña
que él tiña pasión por ela,
pero recelaba moito
dicirlle nada a Carmela,

por que o cariño de Xan
non era por se casar,
que Xan para consigo tiña
outros modos de pensar.

E un día, vindo do muíño
a cerradiña da noite,
iba Carmela tamén
cun balde de augha da fonte.

Gracias a Dios Carmeliña,
por fin cheghou a ocasión
de desvanecer a pena
que aflixe o meu corazón.

Xa non soñas pillastrán,
que eu xa estou desengañada
ca astra o día de hoxe
nunca trataches conmigho nada.

Entraron xuntos na casa
en moral conversación
e Xan saludou a Rosa
como era de obligación.

Que milagro!, dixo Rosa
tan rubia como unha brasa,
ca astra o día de hoxe
nunca entraches na miña casa.

Porque non se dou o caso
que o demáis todos sabemos
que pras silveiras que hai niños
sempre os rapaces corremos.

Dixo Rosa: Xanciño,
non sei se te engañarás,
eiquí o niño que ti buscas
apena-lo encontrarás.

Encontro señora, encontro,
que se lle porfío ben
hame decir de Carmela
que ela ben sabe de o ten.

Se espero que a tí cho enseñe
apenas será verdá,
o niño está no seu nicho
e veremos pra quen será.

Pois si Dios conserva as ideas
que dentro meu peito encerra,
o niño a de ser pra min
ou non hai de haber lei na terra.

As ideas non son firmes,
unhas veñen e outras van
i eu dudo que nise niño
crie teu paxaro Xan.

Camiñou Xan presumido
cara a casa do seu pai
pensando nas palabras
de Carmela e súa nai.

E pra sí solo decía:
seica entrei con mala pata,
que me vai salir sin duda
o tiro pola culata.

Pero eu eilles da-la lata
astra ver se me dou maña
que dunha maneira ou doutra
ha de estoupa-la castaña.

Estoupou, tuvo razón,
por fin cheghou o día
que reventou a castaña,
máis non como Xan quería.

Un sábado pola noite
seica o demo a tentou,
quixo Xan facer das súas
pero non lle resultou,

por que Xan como se vira
tan boa cara a Carmela
foi pouco a pouco empezando
a brincar algo con ela.

Dixo a Carmela: Xan!
onde a min non te alporrices
que agarro a culler do pote
e desfágoche as narices.

Pero Rosa que sinteu
semejante foliada
saltou da cama en camisa
sin calza-las zocas nin nada.

Botoulle a man a un forcado,
destes que hai pra da-los toxos,
dándolle a xan unha delas
que lle amolentou os osos,

dicíndolle: ou Xan ou demo!
xa te vexo e non te deixo,
de serio non te me escapes
sin deixar eiquí o pelexo.

Xan viuse en calzas vermellas,
pra se desanibir delas
as castañas do forcado
entonaban nas costelas.

O domingo ao vir da misa,
Carmela por chirigota
dixolle a Xan: astra a noite
que veñas dar unha volta.

Astra o demo que vos leve
a tí e máis a túa mai,
Xan de Rafael de Roque
máis a vosa casa non vai.


Terminouse.

De vuelta a los 70

Ventanas abiertas, ropa tendida, luces encendidas al anochecer y algarabía de niños correteando por todas partes. La vida ha regresado al pueblo.

Y yo, que he pasado casi todos mis agostos en la aldea, tengo la sensación de haber vuelto a los años de mi infancia cuando las vacaciones de verano eran sinónimo de estar con los abuelos, reencontrarse con los primos y jugar todo el día, despreocupados, en plena naturaleza.

Con el paso de los años muchos dejaron de venir, escogieron para “vacacionar” destinos más turísticos, más “glamurosos”, más lejanos, y cuando ya no había abuelos que visitar muchas casas se cerraron y el olvido las fue devorando poco a poco. Aldeas enteras se vaciaron, las paredes de sus casas empezaron a desmoronarse engullidas por hiedras y zarzas que borraron todo rastro de vida pasada en ellas.

Ayer salí a caminar con mis perros como todas las tardes, esta vez me acompañaban dos niños y sus jóvenes padres. De repente en un recodo del sendero se nos cruzó veloz como un rayo dorado un precioso zorro. Ante los ojos cargados de asombro de los niños, aquel animal salvaje acababa de convertir la tarde en una emocionante aventura, y era sin duda mucho más fascinante que cualquiera de las criaturas de ficción que aparecían en sus habituales videojuegos. Por primera vez en su vida habían visto un zorro “de verdad” en su hábitat natural.

Me resulta esperanzador todo esto, porque tal vez algunos de estos niños quieran volver a pasar sus vacaciones en el pueblo. Tal vez algunas de estas familias empiecen a darse cuenta que el campo puede ser un destino tanto o más atractivo que cualquier resort o ciudad de vacaciones de moda. Tal vez tomen en consideración la idea de que cuidar y abrir de vez en cuando la “casa de la aldea” es una buena inversión. Tal vez vuelvan a llenarse de gente los pueblos como en los veranos de los 70…

Y es que, como me confesaba ayer el padre de los niños: “yo ya me lo estoy planteando, si nos vuelven a cerrar Madrid… ¿que mejor sitio que este para pasar otro confinamiento?”

Ventanas abiertas, ropa tendida, luces encendidas al anochecer y algarabía de niños felices correteando por todas partes. Da gusto ver como la vida ha regresado al pueblo.

Mamá

Madrugaste aquel lunes, eran apenas las siete de la mañana.

Tenías prisa por nacer, tanta que preferiste hacerlo en una camilla en los pasillos del hospital antes que entrar en el paritorio.

Te libraste por unos pocos gramos de empezar tu vida en una incubadora… ¡Eras tan pequeña!

Ese fue para tu padre y para mí, el día más feliz de nuestras vidas.

Me has contado esta historia cientos de veces.

Han pasado 55 años, 11 meses y cinco días y afortunadamente… me la sigues contando.

Feliz día mamá.

El día que mi abuela me otorgó poderes de sacerdotisa

Mamá no nos dejó ir a misa, dijo que hacía demasiado frío fuera para nosotras, el resfriado aún nos tenía hechas un mar de lágrimas… y de mocos. Aquella mañana de domingo de invierno la abuela y yo nos quedamos solas en casa.

_ “Abuelita no estés triste, si quieres te doy yo la misa, que me la sé entera”. Me miró con sus ojos grises y dulces, me sonrió y asintió con la cabeza. La mesa de la cocina nos sirvió de improvisado altar.

_ “Tomad y comed todos de él”, dije alzando al cielo una galleta María al tiempo que ella inclinaba la cabeza y juntaba las manos en oración.

Cuando llegó la parte de: “démonos fraternalmente la paz”, me dio un beso… no se lo tuve en cuenta, la bendije y la dejé ir en paz.

No se lo contamos a mamá, fue siempre nuestro secreto. Ese día me sentí muy importante, tenía ocho años y le había dado misa a mi abuela.


Mamá non nos deixou ir a misa, dixo que facía demasiado frío fora para nós, o arrefriado ainda nos tiña feitas un mar de bágoas… e de mocos. Aquela mañá de domingo de inverno a avoa e máis eu quedamos soas na casa.

_ “Avoiña non esteas triste, se queres douche eu a misa, seina enteira”. Ollou para min coa súa mirada gris e doce, sorriume e asentiu coa cabeza. A mesa da cociña serviunos de improvisado altar.

_ “Tomade e comede todos del”, dixen alzando o ceo unha galleta María o tempo que ela inclinaba a cabeza e xuntaba as mans en oración.

Cando chegou a parte de: “démonos fraternalmente a paz”, doume un bico… non llo tiven en conta. Bendecina e deixeina ir en paz.

Non llo contamos a mamá, foi sempre o noso segredo. Ese día sentínme moi importante. Tiña oito anos e déralle misa a miña avoa.

Mañana de Reyes

Recuerdo perfectamente que esa mañana me desperté muy temprano. Salté de la cama y corrí descalza por el pasillo, abrí la puerta de la sala, encendí la luz y me puse a dar saltitos de puro nerviosismo.

Aquel año (no sé porqué) los Reyes habían sido especialmente generosos, y tenía ante mí un montón de paquetes envueltos en papel de regalo y una carta firmada por Melchor, Gaspar y Baltasar, escrita con una preciosa caligrafía.
Naturalmente dejé de lado la carta y me fui derechita a por el paquete más grande.

Mi padre apareció por la puerta llevando mis zapatillas en la mano: “ven aquí que te calzo, que el suelo está frío y aún vas a pillar una pulmonía”. Yo seguía “peleándome” con la caja grande mientras él me encasquetaba las zapatillas y mi madre trataba de ponerme, sin éxito, la bata.
Finalmente la caja se abrió y apareció ella… Cristina… ¡la muñeca más bonita del mundo! con su pelo largo y rubio, su gran lazo, y sus zapatitos de charol

 Comparada con mis otras muñecas era muy alta, puesta de pié me llegaba más arriba de la cintura. Mi madre preguntó entonces: “¿te gusta? es tan grande que podemos vestirla con tu ropa de cuando eras pequeña” y me entregó entonces un cestillo con patucos, un babero de ganchillo, una chaquetita blanca tejida a mano, y aquel precioso vestidito que mi madrina, una maravillosa modista, me había confeccionado años atrás con un retal de color rosa pálido y sobre el que mi madre había bordado con esmero unos cuantos diminutos pajaritos blancos.

Todo eso dibujó en mi cara la más entusiasta de las sonrisas y otra vez me puse a dar saltitos de puro nerviosismo, mientras achuchaba esta vez a Cristina y mi madre me leía, con infinita paciencia, la carta de Sus Majestades.

Sin duda ese fue un día de Reyes emocionante e inolvidable.
Por cierto… aún conservo el vestidito rosa pálido salpicado de diminutos pajaritos blancos. Y sí… mi madre sigue teniendo una preciosa caligrafía.

La verdadera identidad de los Reyes Magos

Se llamaba Agustina y era mi pesadilla. Estábamos en la misma clase de EGB, era la típica niña grandota, algo bruta y muy traviesa. Recuerdo su melena pajiza recogida casi siempre en dos gruesas trenzas. Disfrutaba persiguiéndome al salir del cole hasta llegar a mi portal, afortunadamente yo era más rápida y casi siempre me zafaba de sus diabluras. Pero ese día me pilló desprevenida y me acorraló en la esquina del patio, durante el recreo. No contenta con tirarme de la coleta sin piedad, me dijo algo que me dolió bastante más que el tirón de pelos… Me reveló la verdadera identidad de los Reyes Magos.

Desolada y al borde de la lágrima llegué a mi casa, entré en la cocina y le pregunté a mi madre si eso era cierto. Y ella, sin prestarme demasiada atención afanada como estaba entre cazuelas, me respondió con un escueto: “sí, es cierto”. Mi madre siempre ha sido así de … prosaica.

Una pena honda mezclada con una rabia intensa me hicieron salir de nuevo a la calle, y entrar corriendo en la trastienda de la panadería situada en la acera de enfrente. Allí jugaba despreocupada mi amiga Amparito, dos años más pequeña que yo. Empezó a llorar desconsolada cuando, en un arrebato de pura maldad infantil, la hice partícipe de “la gran revelación”. A los lloros desbordados de Amparito acudió la panadera, su madre, que al enterarse de mi tropelía me echó de la trastienda de muy malos modos y con la amenaza de “chivarse” a la mía.

Me sentí muy desgraciada. La bronca de la panadera, la crueldad de Agustina, la escasa empatía de mi madre, y la pena que sentí después por Amparito estaban convirtiendo aquel día frío de diciembre en un verdadero desastre. Menos mal que pronto llegó mi padre y , como siempre, todo lo arregló acurrucándome en su regazo. En el fondo siempre sospeché que él era también un Rey Mago disfrazado de papá.