Perder…

Soy un desastre… ¡lo pierdo todo!

Las llaves, el autobús de las seis, la lista de la compra que llevaba en el bolsillo.

La semana pasada, sin ir más lejos, perdí un calcetín. Se lo debió tragar la lavadora y ahora, cada vez que abro el cajón de la cómoda, me topo con la mirada interrogante y desconsolada del pobre calcetín desparejado. Me da lástima tirarlo, pobrecico, ¿y si aparece su compañero?

Rara vez pierdo los papeles y el buen humor, aunque alguna vez he perdido la paciencia. También pierdo con frecuencia el hilo de la conversación, eso me pasa por parlanchina.

Lo que no pierdo nunca es el apetito, será por eso que no pierdo peso, bueno sí… el otro día perdí alrededor de 2000 calorías, se me quemó la empanada de bacalao que tenía en el horno. No perdí los nervios pero sí perdí la noción del tiempo.

Eso me pasa cada vez que me dedicas esa sonrisilla picaruela y yo… pues claro, me pierdo en tus ojos.

Menos mal que aún no he perdido la cabeza, la vergüenza sí, esa la perdí hace siglos o tal vez nunca la tuve.

He perdido la oportunidad más de una vez, pero eso es algo que no me quita el sueño porque la vida está llena de oportunidades.

Puestos a perder, prefiero perder el tiempo de vez en cuando, es muy gratificante.

Pero a ti… a ti si que no quiero perderte.

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