Los miércoles soy pez

Voy despacio al principio, por aquello de equilibrar temperaturas, pero cuando estoy con el agua al cuello ya no hay quien me pare.

Me deslizo veloz dibujando círculos amplios con los brazos mientras mis piernas se encogen y se estiran rítmicamente.

Y así una vez, y dos, y tres, y cuatro, y cinco, y seis.

Pausa…

Me volteo y ahora sólo me impulso con los pies, suelo cerrar los ojos y estiro el brazo derecho cuando intuyo que estoy llegando al final de la “calle”.

Y así una vez, y dos, y tres, y cuatro, y cinco, y seis.

Pausa…

Tomo aire y me lanzo, esta vez mis brazos son flechas rompiendo la superficie y mis pies dos aletas dejando una estela de burbujas.

Y así una vez, y dos, y tres, y cuatro, y cinco, y seis.

Me abandono de espaldas, me dejo mecer en el azul, cierro de nuevo los ojos. Los sonidos se amortiguan, sólo escucho mi respiración y un leve “plop, plop” de vez en cuando. Ingrávida, deliciosamente ingrávida durante los mejores minutos de la sesión, flotando en una deriva serena antes de repetir todo el ciclo de nuevo.

Seis largos, seis series, buen entrenamiento, esto es divertido.

¿Te cuento un secreto?

Los miércoles de doce a dos, no viene nadie a la piscina… es toda para mí.

El día que mi abuela me otorgó poderes de sacerdotisa

Mamá no nos dejó ir a misa, dijo que hacía demasiado frío fuera para nosotras, el resfriado aún nos tenía hechas un mar de lágrimas… y de mocos. Aquella mañana de domingo de invierno la abuela y yo nos quedamos solas en casa.

_ “Abuelita no estés triste, si quieres te doy yo la misa, que me la sé entera”. Me miró con sus ojos grises y dulces, me sonrió y asintió con la cabeza. La mesa de la cocina nos sirvió de improvisado altar.

_ “Tomad y comed todos de él”, dije alzando al cielo una galleta María al tiempo que ella inclinaba la cabeza y juntaba las manos en oración.

Cuando llegó la parte de: “démonos fraternalmente la paz”, me dio un beso… no se lo tuve en cuenta, la bendije y la dejé ir en paz.

No se lo contamos a mamá, fue siempre nuestro secreto. Ese día me sentí muy importante, tenía ocho años y le había dado misa a mi abuela.


Mamá non nos deixou ir a misa, dixo que facía demasiado frío fora para nós, o arrefriado ainda nos tiña feitas un mar de bágoas… e de mocos. Aquela mañá de domingo de inverno a avoa e máis eu quedamos soas na casa.

_ “Avoiña non esteas triste, se queres douche eu a misa, seina enteira”. Ollou para min coa súa mirada gris e doce, sorriume e asentiu coa cabeza. A mesa da cociña serviunos de improvisado altar.

_ “Tomade e comede todos del”, dixen alzando o ceo unha galleta María o tempo que ela inclinaba a cabeza e xuntaba as mans en oración.

Cando chegou a parte de: “démonos fraternalmente a paz”, doume un bico… non llo tiven en conta. Bendecina e deixeina ir en paz.

Non llo contamos a mamá, foi sempre o noso segredo. Ese día sentínme moi importante. Tiña oito anos e déralle misa a miña avoa.