Función cancelada

BENVOLIO

Huye, Romeo.

La gente acude y Teobaldo está muerto.

Si te alcanzan, vas a ser condenado a muerte.

No te detengas como pasmado.

¡Huye, huye!

Yo tendría que haberte prestado hoy mi cuerpo y mi voz para hacerte visible.

Tú me habrías prestado una vida distinta durante hora y media, querido Benvolio.

No ha podido ser esta vez… el teatro de momento, ha de permanecer también en cuarentena.

Por los pelos

Siempre me ha parecido prodigiosa la habilidad de María con las tijeras. Mientras su mano izquierda maneja el peine con rigor sometiendo cada mechón, la derecha sobrevuela alrededor de mi cabeza con la velocidad de un colibrí: “chas, chas, chas”… y unos pocos minutos bastan para que cada pelo ocupe su debido lugar con su exacta longitud.

Hoy me armé de valor y me atreví a esgrimir las tijeras yo también. El molesto pelo delante de los ojos estaba distorsionando mi visión del mundo, así que resuelta y con mano firme he intentado emular a María y me he recortado el flequillo yo solita.

Lo cierto es que ahora veo el mundo con más claridad pero… cuando me he mirado en el espejo, me he dado cuenta de lo mucho que echo de menos la prodigiosa habilidad de María, mi peluquera de toda la vida.

Cosas extraordinarias

Los días se sucedían todos iguales, ya no había diferencias entre un martes o un domingo.

Las horas pasaban más despacio, el tiempo alcanzaba para todo.

De repente las cosas más sencillas adquirían el matiz de extraordinarias…

El canto de los pájaros, la luz del sol entrando por la ventana, las sonrisas de balcón a balcón…

Cuando regresaba del breve paseo con su perro, reparó en que las orquídeas del parque ya habían florecido.

Al llegar a casa lo anotó en su agenda, en la lista de cosas extraordinarias del día.

El amor no entiende de cuarentenas

Suelo comprar el pan, que dejo encargado de un día para otro, alrededor de las 11 de la mañana.

Llevo días tropezándome con ella al cruzar el parque camino de la panadería. Tendrá unos 16 años, la veo risueña, más pendiente del móvil que del precioso sabueso que saca a pasear.

Comprando el pan coincido con él, un mocetón de edad similar, curiosamente igual de risueño y más pendiente de su teléfono que de atender a Sonia, la panadera.

_ Lucas, aquí tienes el pan, ¡que no te enteras!…estos jóvenes, siempre enganchados al teléfono, me comenta Sonia cuando llega mi turno.

Sonrío para mis adentros porque desde hace unos días soy conocedora de su secreto y del porqué de sus caras risueñas. Es ya la tercera vez que de regreso a casa, alrededor de las 11:30, me los encuentro en el rincón del parque favorito de las parejas comiéndose a besos.

Y es que… ¿quién puede ponerle vallas al amor, si no entiende de cuarentenas?

Lunes

Lunes, el despertador suena como siempre a las 7:00

Lo primero desayunar, porque si no desayuna no es persona. Un café con leche y tres tostadas con mermelada mientras revisa la agenda.

Ducha rápida antes de afeitarse, se viste mecánicamente mientras su mente planifica la jornada.

_ Cariño, se puede saber adónde vas?

Así que no había sido un mal sueño… era lunes sí, pero tocaba quedarse en casa al menos durante 15 días.

Misión (casi) imposible

Sabía que se enfrentaba a una misión peligrosa, pero estaba preparado física y psicológicamente. Además, el bienestar de su familia estaba por encima de todo, tenía que asumir el riesgo por ellos, sin vacilar.

Ya no había vuelta atrás, su mujer y sus dos hijos pequeños aguardaban con el corazón encogido el momento de su partida.

_ Cariño, por favor, ten mucho cuidado, susurró ella con voz temblorosa.

_ Papá vuelve pronto, gimoteó su pequeña con ojos llorosos.

Se despidió de ellos intentando esbozar una sonrisa tranquilizadora al tiempo que les lanzaba los últimos besos. Respiró hondo, apretó los puños y salió a la calle desierta, caminando resuelto hacia su objetivo.

Regresó a casa cuatro horas más tarde. Agotado, maltrecho, con señales visibles de la feroz batalla pero con una sonrisa victoriosa en la cara. Lo había conseguido… traía bajo el brazo 24 rollos del mejor papel higiénico del supermercado.

Cuarentena

Ambos eran de vivir el presente, solventar los problemas a medida que surgían, tomarse las cosas con humor, fluir y hacer planes a muy corto plazo.

Se conocían bien, a veces les bastaba una simple mirada para entenderse, muchas “batallas” libradas y muchas conversaciones en torno a un café habían reforzado la confianza mutua.

El nuevo escenario obligaba a un prolongado paréntesis, por eso se despidieron con un abrazo más intenso que de costumbre.

_ Cuídate hermano, te voy a echar de menos.

El protocolo de cuarentena se activaría al día siguiente.