Oportunidad perdida

Tan sólo era un modesto empleado de banca con una vida bastante anodina, pero todas las mañanas de lunes a viernes, aguardaba impaciente a que dieran las 11:00. Eran los treinta minutos más deseados del día. Apagaba la pantalla de su ordenador, se ponía la americana, iba un momento al baño a comprobar su aspecto ante el espejo y salía como una exhalación por la puerta de la sucursal.

Ocupaba casi siempre la misma mesa y mientras esperaba inquieto a ser atendido por ella se repetía mentalmente: ” hoy se lo voy a decir… hoy se lo digo”

_ “Buenos días señor Álvarez, ¿le sirvo lo de siempre?”

_ “Sí… sí, por favor”, acertaba a balbucear visiblemente turbado, e inmediatamente se escondía tras el periódico. Luego la observaba de reojo, la veía moverse entre las mesas resuelta y vivaracha atendiendo al resto de la clientela, siempre con esa sonrisa de la que él se había perdidamente enamorado en secreto. Y es que no podía evitarlo, el corazón se le aceleraba cuando ella le traía su café.

_ “Aquí tiene, muy caliente y con espuma como a usted le gusta, ¿desea algo más?” … (breve pausa muy dramática)

_ “No… no, gracias”, respondía torpemente mientras le entregaba las monedas y notaba entonces el leve roce de su mano. En ese momento se ponía rojo como un tomate y volvía a esconderse tras el periódico. Terminaba el café y regresaba cabizbajo a la oficina, maldiciendo su desmedida timidez y su innata torpeza. Y así un día tras otro armándose de valor para luego, por su cobardía, fracasar en el intento.

Casi dos meses de confinamiento no consiguieron que dejase de pensar en ella ni un sólo día. Por eso el primer lunes de la fase 1 de la desescalada, regresó a la cafetería decidido y animado, dispuesto a confesar su amor, pero ella no estaba… tampoco apareció el martes, ni el miércoles, ni la semana siguiente… ni las siguientes.

Ahora le atiende un camarero joven y taciturno que además de negarle los buenos días, le sirve el café templado y sin espuma.

Cuarentena en los balcones

Nunca habían reparado el uno en el otro, y eso que vivían en la misma calle y sus balcones estaban a la misma altura.

El primer día ella salió a aplaudir, él tan solo se acercó un momento a ver que pasaba y se metió de nuevo en casa tras cerrar la puerta del balcón.

El segundo día, puntual a la cita, ella volvió a aplaudir con entusiasmo. Él también se asomó cuando escuchó a sus vecinos, esta vez tampoco aplaudió pero sí se fijo en ella…

El tercer día sus miradas se cruzaron y la sonrisa voló de uno a otro balcón. La de ella invitándole a sumarse a los aplausos… y lo consiguió.

El cuarto día él ya estaba asomado a la terraza a la hora de siempre, ella se retrasó. Él le señaló el reloj con el ceño fruncido y sonrisa burlona, ella se encogió de hombros y mientras aplaudía le gritó: “¡es que estaba vigilando el horno!”

El quinto día llovió a mares… y ellos se saludaron detrás de los cristales.

El sexto día se citaron en el balcón casi media hora antes de los aplausos. Ella estrenaba vestido y girando sobre si misma le pidió opinión, él levantó varias veces el pulgar y ella le hizo una graciosa reverencia.

El séptimo día dejaron de llamarse “vecinos” y se presentaron formalmente: “soy Jorge”, “yo María”

El octavo día sólo ella salió a aplaudir. Al día siguiente tampoco apareció… ni al siguiente, y empezó a preocuparse.

El undécimo día suspiró aliviada cuando lo vio entrando en el portal a medianoche, pero no se atrevió a llamar su atención, era muy tarde para gritar su nombre.

Al día siguiente estuvo toda la mañana pendiente, le hizo gestos para que se asomara, le preguntó pulgar en alto si estaba bien. Él sonrió, también levantó el pulgar y después le mostró el móvil. Ella entró en casa a buscar el suyo y fue marcando uno a uno los números que él le señalaba con los dedos de la mano.

_ “Hola María, me han cambiado el turno en el hospital por eso no he salido a aplaudir, a esas horas estoy currando”

Con el paso de los días se multiplicaron las llamadas, se contaron la vida, se rieron mucho y se hicieron imprescindibles el uno para el otro.

Ahora sólo aguardan el día en que por fin los abrazos vuelvan a estar permitidos, para poder materializar los besos que a diario viajan por el aire de uno a otro balcón.

El amor no entiende de cuarentenas

Suelo comprar el pan, que dejo encargado de un día para otro, alrededor de las 11 de la mañana.

Llevo días tropezándome con ella al cruzar el parque camino de la panadería. Tendrá unos 16 años, la veo risueña, más pendiente del móvil que del precioso sabueso que saca a pasear.

Comprando el pan coincido con él, un mocetón de edad similar, curiosamente igual de risueño y más pendiente de su teléfono que de atender a Sonia, la panadera.

_ Lucas, aquí tienes el pan, ¡que no te enteras!…estos jóvenes, siempre enganchados al teléfono, me comenta Sonia cuando llega mi turno.

Sonrío para mis adentros porque desde hace unos días soy conocedora de su secreto y del porqué de sus caras risueñas. Es ya la tercera vez que de regreso a casa, alrededor de las 11:30, me los encuentro en el rincón del parque favorito de las parejas comiéndose a besos.

Y es que… ¿quién puede ponerle vallas al amor, si no entiende de cuarentenas?