Inteligencia artificial

Ok Google, ¿cómo te llamas?, ¿cuántos años tienes?, ¿estás casada?

Así, sin pestañear, lanzó mi madre sus preguntas al altavoz inteligente. Las respuestas del dispositivo no la dejaron muy convencida, pero afirmó que la muchacha que hablaba tenía una voz muy simpática.

Intenté explicarle que se estaba dirigiendo a una máquina sin sentimientos, entonces cambió de estrategia y esta vez le pidió opinión sobre el actual gobierno, y su parecer acerca del presidente…

La tarea de hacerle entender a una mujer de 84 años las habilidades y funcionamiento de la inteligencia artificial se me antojó pelín ardua, así que la dejé conversando animadamente con el artilugio de voz simpática

Algo han avanzado en su relación, esta mañana sonaba Nino Bravo en el asistente de Google Home y mi madre le hacía los coros mientras pelaba las patatas… “un beso y una flor”.

https://youtu.be/6aoTr4N4tg4

Averiado…

Su jefe era un imbécil, aguantaba sus broncas porque le hacía falta el trabajo.

Ahora lo único que necesitaba era llegar a casa, abrir una cerveza, tirarse en el sofá y olvidarse de todo… especialmente de ella.

“Fuera de servicio por labores de mantenimiento, disculpen las molestias”. Apretó los dientes y empezó a subir el montón de escaleras que conducían a su barrio.

“Hay días tontos y tontos todos los días”, pensó. Pero lo que más dolía era la traición… el amor de su vida le había dejado por otro, más guapo, con más pasta, más en forma…

Y mientras ella se lo pasaba en grande con el imbécil, él tenía el corazón igual que el ascensor… averiado.

El día que mi abuela me otorgó poderes de sacerdotisa

Mamá no nos dejó ir a misa, dijo que hacía demasiado frío fuera para nosotras, el resfriado aún nos tenía hechas un mar de lágrimas… y de mocos. Aquella mañana de domingo de invierno la abuela y yo nos quedamos solas en casa.

_ “Abuelita no estés triste, si quieres te doy yo la misa, que me la sé entera”. Me miró con sus ojos grises y dulces, me sonrió y asintió con la cabeza. La mesa de la cocina nos sirvió de improvisado altar.

_ “Tomad y comed todos de él”, dije alzando al cielo una galleta María al tiempo que ella inclinaba la cabeza y juntaba las manos en oración.

Cuando llegó la parte de: “démonos fraternalmente la paz”, me dio un beso… no se lo tuve en cuenta, la bendije y la dejé ir en paz.

No se lo contamos a mamá, fue siempre nuestro secreto. Ese día me sentí muy importante, tenía ocho años y le había dado misa a mi abuela.


Mamá non nos deixou ir a misa, dixo que facía demasiado frío fora para nós, o arrefriado ainda nos tiña feitas un mar de bágoas… e de mocos. Aquela mañá de domingo de inverno a avoa e máis eu quedamos soas na casa.

_ “Avoiña non esteas triste, se queres douche eu a misa, seina enteira”. Ollou para min coa súa mirada gris e doce, sorriume e asentiu coa cabeza. A mesa da cociña serviunos de improvisado altar.

_ “Tomade e comede todos del”, dixen alzando o ceo unha galleta María o tempo que ela inclinaba a cabeza e xuntaba as mans en oración.

Cando chegou a parte de: “démonos fraternalmente a paz”, doume un bico… non llo tiven en conta. Bendecina e deixeina ir en paz.

Non llo contamos a mamá, foi sempre o noso segredo. Ese día sentínme moi importante. Tiña oito anos e déralle misa a miña avoa.

Amores indiscretos

La noche del jueves volví andando a casa después del concierto. Había dejado de lloviznar pero las calles seguían brillando en su destemplanza.

Al cruzar por el parque me fijé en él. Estaba en el rincón favorito de las parejas, sentado en el respaldo húmedo del banco de madera. Tenía puesta la capucha de su cazadora, pero pude intuir su sonrisa iluminada por la luz del móvil.

La vídeo-llamada tenía voz de mujer y ambos parecían enfrascados en una conversación llena de confidencias y palabras dulces.

No se percató de mi presencia porque al acercarme caminé un rato de puntillas para que el taconeo de mis botas no rompiese la magia. De ese modo pude escuchar un: “intentaré conectarme mañana a la misma hora”… y un: “te quiero” al otro lado de la pantalla.

Apuré el paso, ellos necesitaban intimidad y yo apoyar de nuevo mis talones en el suelo.

Humedad

No importa lo fríos que se sienten los azulejos en la espalda…

Entre piel y piel apenas queda un resquicio para que la lluvia jabonosa se disperse de manera uniforme, tal vez forme un pequeño charquito en el valle que une ambos pechos.

Lenguas enredadas en un frenesí de besos empapados, impacientes, sedientos, se beben las gotas que resbalan por el cuello.

Manos grandes aferrándose a los muslos, manos más pequeñas clavándose en la espalda.

No existe un abrazo más intenso, más desesperado…

El agua caliente censura la escena poniendo un velo húmedo al vidrio de la mampara.

Perder…

Soy un desastre… ¡lo pierdo todo!

Las llaves, el autobús de las seis, la lista de la compra que llevaba en el bolsillo.

La semana pasada, sin ir más lejos, perdí un calcetín. Se lo debió tragar la lavadora y ahora, cada vez que abro el cajón de la cómoda, me topo con la mirada interrogante y desconsolada del pobre calcetín desparejado. Me da lástima tirarlo, pobrecico, ¿y si aparece su compañero?

Rara vez pierdo los papeles y el buen humor, aunque alguna vez he perdido la paciencia. También pierdo con frecuencia el hilo de la conversación, eso me pasa por parlanchina.

Lo que no pierdo nunca es el apetito, será por eso que no pierdo peso, bueno sí… el otro día perdí alrededor de 2000 calorías, se me quemó la empanada de bacalao que tenía en el horno. No perdí los nervios pero sí perdí la noción del tiempo.

Eso me pasa cada vez que me dedicas esa sonrisilla picaruela y yo… pues claro, me pierdo en tus ojos.

Menos mal que aún no he perdido la cabeza, la vergüenza sí, esa la perdí hace siglos o tal vez nunca la tuve.

He perdido la oportunidad más de una vez, pero eso es algo que no me quita el sueño porque la vida está llena de oportunidades.

Puestos a perder, prefiero perder el tiempo de vez en cuando, es muy gratificante.

Pero a ti… a ti si que no quiero perderte.

Final feliz del cuento

Surgió el amor y cambió el cuento.

Paseaban felices cogidos de la mano entre los helechos de aquel bosque frondoso.

Ella, envuelta siempre en su capa roja, se acurrucó entre sus brazos.

Y él, feroz, se la comió… a besos.


Xurdiu o amor e mudou o conto.

Paseaban ledos collidos da man entre os fentos daquela fraga frondosa.

Ela, envolta sempre na súa carapucha vermella, acubillouse nos seus brazos.

Él, feroz, comeuna… a bicos.

Mi primer Haiku

La cultura japonesa tiene a mi hijo mayor fascinado desde hace unos años.

Practica el arte de su caligrafía “shodo”, memoriza “kanjis” constantemente, acude feliz a sus clases en la escuela de idiomas, lee todo lo que cae en sus manos al respecto y a mí… pues se me cae la baba.

Siempre que le regalo libros quiere que se los dedique. Hoy le traje dos del maestro Basho y me lanzó el reto.

_ Recuerda: son cinco, siete y cinco sílabas, me dijo.

Naturalmente acepté el reto.

La vida da muchas vueltas

Apuraba el paso para no llegar tarde a la función cuando lo vio sentado en las escaleras de la sucursal bancaria. Al pasar a su altura pudo leer el cartel que sostenía en sus manos y que rezaba: “La vida da muchas vueltas. Sin familia, sin recursos, necesito pagar la habitación”.

Nunca daba dinero a los que pedían en la calle, pero esta vez un extraño impulso hizo que se detuviese, palpó la moneda dentro del bolsillo de su abrigo y dio la vuelta. Depositó los dos euros en el vaso de plástico y se miraron a los ojos… Ella esbozó una tenue sonrisa, él bajó la cabeza y musitó un apenas audible gracias.

Había dejado de llover pero la calle aún brillaba bajo el reflejo de las farolas. Mientras repasaba mentalmente los detalles de la tediosa obra que acababa de ver, le dio una vuelta más a la bufanda tratando de abrigarse también la nariz. Tenía los pies helados dentro de las botas. Estaba deseando llegar a casa.

Casi tres horas después, él seguía en la misma posición, sentado cabizbajo en las escaleras del banco. Mientras se aproximaba volvió a fijarse en sus preciosas manos, los zapatos limpios, el distinguido porte y la mirada ausente. Nunca supo explicar que la impulsó a hacerlo…

Cuéntame tu historia _ le pidió sentándose a su lado. Él tardó un par de minutos en mirarla a los ojos y despegar los labios…

Es cierto, la vida da muchas vueltas. Hoy comparten el mismo techo, ella no ha vuelto a tener los pies fríos y de vez en cuando van juntos al teatro.

Mensaje

Aún guardaba la sonrisa de aquellos ojos oliváceos en el corazón.

Se acercó a la orilla dejando que el mar le lamiese los pies,

sintiendo como la arena se daba a la fuga bajo las pisadas

y la brisa jugaba traviesa con su vestido.

¿Sigues teniendo el pelo al compás del viento? – leyó…

Hay mensajes que sientan tan bien como una caricia en la espalda.