Por los pelos

Siempre me ha parecido prodigiosa la habilidad de María con las tijeras. Mientras su mano izquierda maneja el peine con rigor sometiendo cada mechón, la derecha sobrevuela alrededor de mi cabeza con la velocidad de un colibrí: “chas, chas, chas”… y unos pocos minutos bastan para que cada pelo ocupe su debido lugar con su exacta longitud.

Hoy me armé de valor y me atreví a esgrimir las tijeras yo también. El molesto pelo delante de los ojos estaba distorsionando mi visión del mundo, así que resuelta y con mano firme he intentado emular a María y me he recortado el flequillo yo solita.

Lo cierto es que ahora veo el mundo con más claridad pero… cuando me he mirado en el espejo, me he dado cuenta de lo mucho que echo de menos la prodigiosa habilidad de María, mi peluquera de toda la vida.

“ITACA”

Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca.

Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.

Poema de Konstantino Kavafis

Receta contra la tristeza

Anda estos días la tristeza queriendo instalarse en nuestra casa. La muy descarada intenta importunar especialmente a los mayores. La veo acompasando el caminar lento y vacilante, trepando luego por el bastón, para pasearse después por los surcos que la vejez ha trazado en esas manos un poco temblorosas. Desde allí pega un brinco y se columpia en los ojos húmedos festoneados de arrugas y allí se queda prendida.

Yo acudo para intentar espantarla pero… ¿cómo explicarle lo extraño que se ha vuelto el mundo de repente, a una persona que te cuenta que aún en medio de una terrible guerra él, siendo un niño, pudo velar el cuerpo de su padre rodeado de sus hermanos, de su madre y de sus vecinos? y es que ahora no acierta a comprender por qué su hermana se ha ido sola de este mundo, sin la despedida de los suyos, sin una triste flor sobre su lápida, sin una ceremonia digna y solemne, “como dios manda” apostilla…

La tristeza y yo nos llevamos mal, somos enemigas confesas, presta estoy siempre a combatirla, pero esta mañana he dejado que me ganase la partida. Me rendí nada más levantarme de la cama, dejé que se metiera bajo la ducha conmigo y me hizo llorar desconsoladamente. Me fustigó también durante el desayuno poniéndome un nudo en la garganta, luego se acomodó en mi cabeza como una losa pesada.

Pero solo la dejé ganar el primer asalto. Apareció el sol y fui a sentarme un rato al jardín, escuchando la algarabía de los pájaros volando alrededor del nogal. Uno de ellos, en su continuo ir y venir de vuelos cortos, de vez en cuando se posaba cerca y me observaba curioso esponjando sus plumitas verdes. He vuelto a entrar en casa, animada a meterme entre fogones.

Al final, una ducha larga, un rato al sol y un pajarillo de plumitas verdes han ayudado bastante a sacudirme de encima la tristeza de esta mañana. Y es que la vida, a pesar de todo, sigue siendo un hermoso regalo si uno sabe ser agradecido.

In memoriam

Fue el del 86 el único verano que tú y yo compartimos, después regresaste con los tuyos y nunca más volviste a España, tampoco yo viajé nunca a Buenos Aires.

Es curioso cómo funciona nuestro almacén de recuerdos. Cuando me contaron que habías emprendido tu último viaje tras una larga y buena vida, acudieron a mí tres imágenes muy claras.

En aquel verano que pasaste con nosotros yo acababa de estrenarme como madre. Te recuerdo en agosto, sentado muy temprano en la cocina de la casa de tu hermana, en Vigo. Al terminar la toma de las seis de la mañana acostaba a Alberto en su cunita y me reunía contigo en la cocina. Mientras yo me preparaba un vaso de leche con cacao y tú disfrutabas a sorbos pequeños del obligado mate, charlábamos un buen rato. Tras darnos los buenos días, siempre eras tú el primero en preguntar:

_ ¿Has descansado bien “mijita”?, ¿se ha portado bien esta noche el pibe?

Después yo derivaba casi siempre la conversación hacia tus años de juventud, disfrutaba escuchándote relatar tus travesuras de infancia y también las peripecias de ese primer viaje hacia el que sería tu hogar, y de como te despediste de tus hermanas, (la más pequeña, mi madre).

La segunda imagen ya nos sitúa de vuelta en Madrid, pasaste con nosotros los primeros días de aquel septiembre. Mi padre y tú, sentados en el jardín, os contabais “batallitas” de la mili, pero cuando Alberto se removía inquieto en su sillita y mi padre lo cogía en brazos, la frase de alguno de vosotros era siempre:

_ “Hay que ver… cuanto se les quiere a los nietos”

La tercera imagen es de no hace demasiado tiempo. De casualidad llegó a mis manos una foto en blanco y negro, ya amarillenta por el paso de los muchos años. Una de esas fotos de antaño que constituían todo un acto solemne en las vidas de los retratados. Imágenes pensadas y trabajadas con exquisito rigor por parte del fotógrafo de turno. En ella, un niño de pocos años posaba sobre una bicicleta rodeado de sus abuelos y sus tíos. Cuando se la envié a tu nieto por Whatsapp para que te la mostrase, me emocionó verte emocionado al reconocerte en la figura de ese niño, casi ocho décadas después.

Esta pandemia atroz ha querido llegar a tu hemisferio vestida con los colores del otoño. Por eso me contaba tu hija esta tarde entre lágrimas, que el cementerio estaba huérfano de flores. Solo los pájaros y las dos personas que más te quieren han podido acompañarte a las diez de la mañana. Al mismo tiempo de este lado, pero con el reloj marcando las tres, tu familia nos hemos afanado en enviarte flores virtuales de nuestra primavera, y hemos estado atentos al reloj para que los corazones de allí se sintiesen acompañados por los de aquí.

Para ellos dos va el más grande de mis abrazos saltándose la distancia.

Y para ti… solo responderé a tu pregunta:

_ ¿Has descansado bien “mijita”?

_ Sí tío… ahora descansa en paz tú también

(A mi tío Albino Guerra, in memoriam)

Cosas extraordinarias

Los días se sucedían todos iguales, ya no había diferencias entre un martes o un domingo.

Las horas pasaban más despacio, el tiempo alcanzaba para todo.

De repente las cosas más sencillas adquirían el matiz de extraordinarias…

El canto de los pájaros, la luz del sol entrando por la ventana, las sonrisas de balcón a balcón…

Cuando regresaba del breve paseo con su perro, reparó en que las orquídeas del parque ya habían florecido.

Al llegar a casa lo anotó en su agenda, en la lista de cosas extraordinarias del día.