Aquelarre literario

De lo que se come se cría, dice el refrán, por eso pensó que lo más apropiado sería prepararse una suculenta sopa de letras”.

Añadió también al humeante caldero unos arenques ricos en Omega 3, por aquello de mantener saludables las células del cerebro. Unas nueces para mejorar la memoria y un puñado de arándanos para prevenir fallos en las neuronas.

No era esta lo que se dice una receta muy ortodoxa, pero bueno… tal vez funcionase y , con suerte, llegaría con los “deberes” hechos a su primer aquelarre literario. Mientras removía aquel mejunje hizo un poco de autocrítica.

Cierto era que su musa la había abandonado, se fue de vacaciones al sur porque tanta lluvia la estaba dejando mustia, pero no sería justo culparla a ella del problema. La culpa más bien la tenía esa manía suya de dejarlo todo para última hora.

Estaba segura que sus nuevas compañeras del “taller de escritura para meigas“, habrían preparado su tarea con esmero y suficiente antelación, pero ella, que siempre se las apañaba para tener mil frentes abiertos, era la reina de la procrastinación… bueno, en este caso la bruja de la procrastinación.

Y ahora estaba allí, de pie frente al atril, rodeada de 13 pares de cautivadores ojos pendientes de sus palabras. Respiró hondo, carraspeó levemente para aclarar la voz, e inició su lectura…

De lo que se come se cría, dice el refrán, por eso pensó que lo más apropiado sería prepararse una suculenta sopa de letras”.

“HOGAR” un poema de Warsan Shire

Nadie abandona su hogar a menos que su hogar sea la boca de un tiburón.

Solo corres hacia la frontera cuando ves que toda la ciudad también lo hace.

Tus vecinos corriendo más deprisa que tú, con aliento de sangre en sus gargantas.

El niño con el que fuiste a la escuela, que te besó hasta el vértigo

detrás de la fábrica, sostiene un arma más grande que su cuerpo.

Solo abandonas tu hogar cuando tu hogar no te permite quedarte.

Nadie deja su hogar a menos que su hogar le persiga,

fuego bajo los pies, sangre hirviendo en el vientre.

Jamás pensaste en hacer algo así hasta que sentiste el hierro ardiente

amenazar tu cuello.

Pero incluso entonces cargaste con el himno bajo tu aliento,

rompiste tu pasaporte en los lavabos del aeropuerto,

sollozando mientras cada pedazo de papel te hacía ver

que jamás volverías.

Tienes que entender que nadie sube a sus hijos a una patera

a menos que el agua sea más segura que la tierra.

Nadie abrasa las palmas de sus manos bajo los trenes, bajo los vagones,

nadie pasa días y noches enteras en el estómago de un camión,

alimentándose de hojas de periódico, a menos que

los kilómetros recorridos signifiquen algo más que un simple viaje.

Nadie se arrastra bajo las verjas, nadie quiere recibir los golpes ni dar lástima.

Nadie escoge los campos de refugiados

o el dolor de que revisen tu cuerpo desnudo.

Nadie elige la prisión, pero la prisión es más segura que una ciudad en llamas,

y un carcelero en la noche es preferible

a un camión cargado de hombres con el aspecto de tu padre.

Nadie podría soportarlo, nadie tendría las agallas,

nadie tendría la piel suficientemente dura.

Los: “váyanse a casa, negros”, “refugiados”, “sucios inmigrantes”,

buscadores de asilo”, “quieren robarnos lo que es nuestro”,

negros pedigüeños que huelen raro”, “salvajes”,

destrozaron su país y ahora quieren destrozar el nuestro”.

¿Cómo puedes soportar las palabras, las miradas sucias?

Quizás puedas, porque estos golpes son más suaves

que el dolor de un miembro arrancado.

Quizás puedas porque estas palabras son más delicadas

que catorce hombres entre tus piernas.

Quizás porque los insultos son más fáciles de tragar que el escombro,

que los huesos, que tu cuerpo de niña despedazado.

Quiero irme a casa, pero mi casa es la boca de un tiburón.

Mi casa es un barril de pólvora,

y nadie dejaría su casa a menos que su casa le persiguiera hasta la costa,

a menos que tu casa te dijera que aprietes el paso,

que dejes atrás tus ropas, que te arrastres por el desierto,

que navegues por los océanos,

naufraga, sálvate, pasa hambre, suplica, olvida el orgullo,

tu vida es más importante”.

Nadie deja su hogar hasta que su hogar se convierte

en una voz sudorosa en tu oído diciendo:

Vete, corre lejos de mí ahora.

No sé en qué me he convertido, pero sé

que cualquier lugar es más seguro que éste”.

Dios me quiere…

Dios me quiere… sí, me quiere.

O eso o es que le caigo la hostia de simpática porque, vamos a ver:

No es normal que NUNCA se me caiga la tostada por el lado de la mermelada. Se me cae dentro del tazón del colacao salpicándolo todo, eso sí, luego tengo que “pescarla” con los dedos pero, ¿y lo rica que está así, empapada y chorreante?

No es normal que salga tres veces a la calle un viernes borrascoso de diciembre, y justo cuando entro por la puerta de mi casa se desate el diluvio universal, como si los nubarrones estuvieran aguantándose las ganas de soltar el chaparrón hasta saberme a cubierto. ¡Que ni he tenido que abrir el paraguas, oiga!, menos mal porque cargada con la mochila del gimnasio y las dos bolsas del súper, habría tenido que sujetarlo con los dientes.

No es normal que, de camino al teatro, pille todos los semáforos en verde. El de Pizarro, el del cruce con Gran Vía, todos los de la calle Venezuela y hasta el del concello. A veces pruebo a chasquear los dedos cuando me aproximo a ellos y … ¡funciona!, chasquido/verde, chasquido/ verde, chasquido/¡verde!, es como si tuviera superpoderes. Camino, y a mi paso se encienden las farolas, ¡es alucinante!

Mi amiga Lola dice que hay días en los que la vida nos besa… no sé, de lo que estoy segura es que no tengo superpoderes, por eso creo que Dios me quiere.

Aunque, pensándolo bien, tal vez sean las sonrisas que me dedicas cada mañana las que obren estos milagros.

Mañana de Reyes

Recuerdo perfectamente que esa mañana me desperté muy temprano. Salté de la cama y corrí descalza por el pasillo, abrí la puerta de la sala, encendí la luz y me puse a dar saltitos de puro nerviosismo.

Aquel año (no sé porqué) los Reyes habían sido especialmente generosos, y tenía ante mí un montón de paquetes envueltos en papel de regalo y una carta firmada por Melchor, Gaspar y Baltasar, escrita con una preciosa caligrafía.
Naturalmente dejé de lado la carta y me fui derechita a por el paquete más grande.

Mi padre apareció por la puerta llevando mis zapatillas en la mano: “ven aquí que te calzo, que el suelo está frío y aún vas a pillar una pulmonía”. Yo seguía “peleándome” con la caja grande mientras él me encasquetaba las zapatillas y mi madre trataba de ponerme, sin éxito, la bata.
Finalmente la caja se abrió y apareció ella… Cristina… ¡la muñeca más bonita del mundo! con su pelo largo y rubio, su gran lazo, y sus zapatitos de charol

 Comparada con mis otras muñecas era muy alta, puesta de pié me llegaba más arriba de la cintura. Mi madre preguntó entonces: “¿te gusta? es tan grande que podemos vestirla con tu ropa de cuando eras pequeña” y me entregó entonces un cestillo con patucos, un babero de ganchillo, una chaquetita blanca tejida a mano, y aquel precioso vestidito que mi madrina, una maravillosa modista, me había confeccionado años atrás con un retal de color rosa pálido y sobre el que mi madre había bordado con esmero unos cuantos diminutos pajaritos blancos.

Todo eso dibujó en mi cara la más entusiasta de las sonrisas y otra vez me puse a dar saltitos de puro nerviosismo, mientras achuchaba esta vez a Cristina y mi madre me leía, con infinita paciencia, la carta de Sus Majestades.

Sin duda ese fue un día de Reyes emocionante e inolvidable.
Por cierto… aún conservo el vestidito rosa pálido salpicado de diminutos pajaritos blancos. Y sí… mi madre sigue teniendo una preciosa caligrafía.

La receta

Una buena amiga me pide con cierta urgencia la receta perfecta para encarar el nuevo año. No existen las fórmulas infalibles y yo sólo soy una cocinera aficionada, aún así acabo de enviarle por whatsapp una que puede servirle.

Ingredientes básicos:

  • Una buena cantidad de PRESENTE
  • Desechar todo lo que huela a pasado y no planificar en exceso el futuro
  • Kilos y kilos de SINCERIDAD, con una misma primero y con los demás también
  • Añadir HONESTIDAD, RESPETO, COMPRESIÓN y diálogo… mucho, mucho DIÁLOGO
  • Una buena dosis de REFLEXIÓN en su variedad más sosegada
  • Prohibidos los autoengaños, prohibido también los verbos depender y necesitar, que sólo sirven para amargar el mejor guiso
  • Recomendable aderezar con mucho AMOR y mucho HUMOR

Preparación:

  • Cocinar CON PLACER y olvidarse de “complacer”
  • Antes de empezar ponerse el mejor delantal y encender con alegría los fogones
  • Y por supuesto cocinarlo todo como la vida… intensamente y sin dramas

La verdadera identidad de los Reyes Magos

Se llamaba Agustina y era mi pesadilla. Estábamos en la misma clase de EGB, era la típica niña grandota, algo bruta y muy traviesa. Recuerdo su melena pajiza recogida casi siempre en dos gruesas trenzas. Disfrutaba persiguiéndome al salir del cole hasta llegar a mi portal, afortunadamente yo era más rápida y casi siempre me zafaba de sus diabluras. Pero ese día me pilló desprevenida y me acorraló en la esquina del patio, durante el recreo. No contenta con tirarme de la coleta sin piedad, me dijo algo que me dolió bastante más que el tirón de pelos… Me reveló la verdadera identidad de los Reyes Magos.

Desolada y al borde de la lágrima llegué a mi casa, entré en la cocina y le pregunté a mi madre si eso era cierto. Y ella, sin prestarme demasiada atención afanada como estaba entre cazuelas, me respondió con un escueto: “sí, es cierto”. Mi madre siempre ha sido así de … prosaica.

Una pena honda mezclada con una rabia intensa me hicieron salir de nuevo a la calle, y entrar corriendo en la trastienda de la panadería situada en la acera de enfrente. Allí jugaba despreocupada mi amiga Amparito, dos años más pequeña que yo. Empezó a llorar desconsolada cuando, en un arrebato de pura maldad infantil, la hice partícipe de “la gran revelación”. A los lloros desbordados de Amparito acudió la panadera, su madre, que al enterarse de mi tropelía me echó de la trastienda de muy malos modos y con la amenaza de “chivarse” a la mía.

Me sentí muy desgraciada. La bronca de la panadera, la crueldad de Agustina, la escasa empatía de mi madre, y la pena que sentí después por Amparito estaban convirtiendo aquel día frío de diciembre en un verdadero desastre. Menos mal que pronto llegó mi padre y , como siempre, todo lo arregló acurrucándome en su regazo. En el fondo siempre sospeché que él era también un Rey Mago disfrazado de papá.

Las prisas no son buenas…

Las prisas no son buenas.

Te lo digo yo que soy de paladar exigente, costuras definitivas, y construcciones sólidas.

El mejor sabor se cocina sosegado.

Los apremios sólo sirven para coser hilvanes de última hora.

Los buenos cimientos precisan tiempo lento de fraguado.

Las urgencias apagan llamas pero no extinguen incendios.

Así que, ven… vamos a besarnos despacio esta vez.

¡Hola!

No sé como has llegado hasta aquí pero me alegra un montón tu visita, así que bienvenido/a a este… hum… aún no tengo muy claro como llamarlo.

Digamos que es una especie de revoltijo, un cajón de sastre donde recopilar mis “ocurrencias”, que tengo desperdigadas por libretas usadas y folios sueltos en una carpeta vieja.

Por favor acomódate como si estuvieras en tu casa y curiosea todo lo que quieras, yo mientras tanto voy a calzarme las zapatillas “atrapamusas”.

P.D. Este blog iba a llamarse “La gata con botas” pero el título ya estaba “pillao”, además… yo soy más de calzarme las zapatillas y “senderear” por ahí 😉