La bondad en forma de perro

Demasiado tímido, demasiado grande, demasiado asustadizo, demasiado frágil…

Ya llevabas casi cuatro años en el refugio y habias entrado en la lista de los desahuciados, en la lista de los perros que acabarían sus días en aquel lugar. Y es que, el día que nos conocimos a diferencia de tus compañeros, que brincaban a mi alrededor en una algarabía de ladridos y meneos de rabo para llamar mi atención, tú no sabías “venderte”. Permaneciste inmóvil sobre el tejadillo de los caniles del que pocas veces descendias por temor a los perros más fuertes.

Pero pasé por delante de ti, a una distancia prudente, y nuestras miradas se cruzaron. La tuya desconfiada de la mia, la mia conmovida de la tuya. Así estuvimos unos minutos hasta que finalmente, sin saberlo aún, ya nos habíamos “elegido”.

Cuando tu cuidadora te trajo a casa, tardaste en bajar del coche. Otra vez el miedo y la desconfianza instalados en los ojos, menos mal que Chisco te convenció de que esta vez tus temores eran infundados. Una buena dosis de caricias y palabras suaves obraron el milagro. De repente te arrancaste a correr y a saltar de un modo torpe y cómico por el jardín. Dabas pura risa y eras pura ternura.

Y desde aquel día y durante once años nos has permitido disfrutar de ti, de tu lealtad absoluta, de tu adoración por todos nosotros. La bondad en forma de perro, eso has sido tú querido Enzo.

Gracias grandullón, te vamos a echar mucho de menos…