Xan de Rafael de Roque

Chámase Asunción Do Pacio, ainda que todos a coñecemos como Asunción “Darriba”. Cumpriu xa os 98 anos pero aínda conserva unha lucidez e una memoria admirables. Meu avó e máis ela eran fillos de irmáns. Teño lembranzas de Asunción arranxando sempre a igrexa de Santa Mariña de Esmeriz, era ela a que se ocupaba de mantela limpa e adornada de flores. Encargábase tamén de dirixir o rosario, axudaba na misa e sabía moitas lendas e contos populares. Hai uns días recibín a gravación dun romance recitado de memoria por ela que me pareceu unha maravilla e quero compartila con todos vós. Pescudei a orixe de tal romance pero non atopei datos dabondo, se alguén sabe da historia de Xan de Rafael de Roque agradecería moito a información. É un magnífico exemplo de literatura de tradición oral, e tamén un valioso testimonio da sabiduría que atesouran os nosos maiores.

Aquí podedes escoitar a Asunción recitando o romance.

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E esta é a transcrición que fixen do texto tal e como ela o parrafea:

Xan de Rafael de Roque,
mozo robusto e valente,
tomou amores con Carmen
de Rosa de San Clemente.

Carmela era unha rapaza
ghuapa como unha paloma
que o vela bailar parecía
unha muñeca de ghoma.

Por eso Xan se entusiasmou
por ela con tanto afán
para donde iba Carmela
iban os ollos de Xan.

Xa había unha temporadiña
que él tiña pasión por ela,
pero recelaba moito
dicirlle nada a Carmela,

por que o cariño de Xan
non era por se casar,
que Xan para consigo tiña
outros modos de pensar.

E un día, vindo do muíño
a cerradiña da noite,
iba Carmela tamén
cun balde de augha da fonte.

Gracias a Dios Carmeliña,
por fin cheghou a ocasión
de desvanecer a pena
que aflixe o meu corazón.

Xa non soñas pillastrán,
que eu xa estou desengañada
ca astra o día de hoxe
nunca trataches conmigho nada.

Entraron xuntos na casa
en moral conversación
e Xan saludou a Rosa
como era de obligación.

Que milagro!, dixo Rosa
tan rubia como unha brasa,
ca astra o día de hoxe
nunca entraches na miña casa.

Porque non se dou o caso
que o demáis todos sabemos
que pras silveiras que hai niños
sempre os rapaces corremos.

Dixo Rosa: Xanciño,
non sei se te engañarás,
eiquí o niño que ti buscas
apena-lo encontrarás.

Encontro señora, encontro,
que se lle porfío ben
hame decir de Carmela
que ela ben sabe de o ten.

Se espero que a tí cho enseñe
apenas será verdá,
o niño está no seu nicho
e veremos pra quen será.

Pois si Dios conserva as ideas
que dentro meu peito encerra,
o niño a de ser pra min
ou non hai de haber lei na terra.

As ideas non son firmes,
unhas veñen e outras van
i eu dudo que nise niño
crie teu paxaro Xan.

Camiñou Xan presumido
cara a casa do seu pai
pensando nas palabras
de Carmela e súa nai.

E pra sí solo decía:
seica entrei con mala pata,
que me vai salir sin duda
o tiro pola culata.

Pero eu eilles da-la lata
astra ver se me dou maña
que dunha maneira ou doutra
ha de estoupa-la castaña.

Estoupou, tuvo razón,
por fin cheghou o día
que reventou a castaña,
máis non como Xan quería.

Un sábado pola noite
seica o demo a tentou,
quixo Xan facer das súas
pero non lle resultou,

por que Xan como se vira
tan boa cara a Carmela
foi pouco a pouco empezando
a brincar algo con ela.

Dixo a Carmela: Xan!
onde a min non te alporrices
que agarro a culler do pote
e desfágoche as narices.

Pero Rosa que sinteu
semejante foliada
saltou da cama en camisa
sin calza-las zocas nin nada.

Botoulle a man a un forcado,
destes que hai pra da-los toxos,
dándolle a xan unha delas
que lle amolentou os osos,

dicíndolle: ou Xan ou demo!
xa te vexo e non te deixo,
de serio non te me escapes
sin deixar eiquí o pelexo.

Xan viuse en calzas vermellas,
pra se desanibir delas
as castañas do forcado
entonaban nas costelas.

O domingo ao vir da misa,
Carmela por chirigota
dixolle a Xan: astra a noite
que veñas dar unha volta.

Astra o demo que vos leve
a tí e máis a túa mai,
Xan de Rafael de Roque
máis a vosa casa non vai.


Terminouse.

Asomada a la ventana

Rous Mary es una persona profundamente hedonista. Siempre con la sonrisa en los labios disfruta de la vida sea cual sea la estación.

Le encanta, por ejemplo, salir a pasear por la ciudad bajo el tímido sol de invierno con su abrigo de colores.

Tomarse los domingos un chocolate con churros en el bar de la plaza.

Calzarse las botas y caminar por el monte siempre que tiene ocasión.

Leer junto a la chimenea.

Invitar de vez en cuando a sus amigas a tomar té con pastas en el salón.

Ni el cambio de hora de otoño ni el nuevo “estado de alarma” han conseguido desanimar a Rous Mary. Asomada a la ventana, sueña con la próxima primavera y sonríe tras la mascarilla cuando se imagina…

Saliendo a pasear por la ciudad bajo una lluvia de verano con su paraguas de colores.

Tomándose los domingos un helado de chocolate en el bar de la plaza.

Caminando descalza por la playa siempre que se le presente la ocasión.

Leyendo bajo la sombra de los árboles.

Invitando a sus amigas a pinchos y cervecita en el jardín.

Y es que Rous Mary es una persona profundamente hedonista. Siempre con la sonrisa en los labios disfruta de la vida sea cual sea la estación… y las circunstancias.

(Ilustración de Milo Manara)

Instantes fugaces (última parte)

Ojos verdes

Se sacudió la arena de los pies, guardó la sombrilla en el maletero y arrancó su coche para regresar a casa. Por el camino encendió la radio, una emisora nostálgica que emitía rock de los 80 y 90 llamó su atención y durante un buen rato tarareó una tras otra las canciones, se las sabía casi todas, tener cierta edad concede esos privilegios, pensó. 

Pero enmudeció de repente al escuchar un estribillo inconfundible: “Baby I love you, come on baby, baby I love you, baby I love only you”.

Tuvo que aparcar en el arcén y respirar hondo… acababa de desvelar el misterio de aquellos ojos verdes. Mientras seguía sonando el tema de Ramones, cerró los ojos y viajó atrás en el tiempo, a sus diecisiete años.

Otoño, palacio de los deportes de Riazor… su primera vez para muchas cosas.

¡Era él, era él, estoy segura! primero en el tren, ahora en la playa… el azar es realmente caprichoso.

Al llegar a casa se sirvió una cerveza y seleccionó en su lista de Spotify la dichosa canción… después se metió en la ducha, sonriendo con cierta nostalgia.

Instantes fugaces ( tercera parte)

1980

Otoño, palacio de los deportes de Riazor… su primera vez para muchas cosas.

Tal vez fue la fascinación del momento, la música potente, la sensación de sentirse una gota de agua más en un océano humano vociferante y alborotado, su escasa tolerancia al alcohol… pero cuando reparó en él y sus miradas se encontraron el mundo se detuvo alrededor.

Con los ojos brillantes y las manos metidas en los bolsillos le gritó un tímido “hola” al que ella respondió con una sonrisa y la mano tendida buscando quizás, una tabla salvadora. Hubo mutua atracción desde el primer instante y desahogaron sus instintos devorándose a besos mientras la multitud permanecía ajena a su pasión. 

De aquella noche recordó muy pocas cosas. Aún hoy se pregunta cómo consiguió llegar a casa, por ejemplo. Sí recuerda la resaca atroz del día siguiente y la bronca descomunal de su padre.  Pero sobre todo recordó durante mucho tiempo aquellas pupilas verdes clavadas en las suyas, aquellas manos torpes acariciándola por debajo del vestido, y aquellos labios que, entre beso y beso, le cantaban al oído: “Baby I love you, come on baby, baby I love you, baby I love only you”.

Dos respiraciones agitadas por el deseo diluyéndose en medio de aquel griterío ensordecedor.
Fue un instante fugaz pero inolvidable, ni siquiera se despidieron, ni siquiera se presentaron, solamente latieron al unísono durante el tiempo que duró aquel concierto de rock. 

Instantes fugaces (segunda parte)

En la playa

El murmullo de las olas ponía la adecuada banda sonora a la lectura. La brisa le acariciaba la piel y el sol de la tarde bañaba sus pies mientras el resto de su anatomía se resguardaba bajo la sombrilla.

Levantó un momento los ojos del libro movida por una sensación difícil de explicar, ¿fue un impulso? ¿una intuición?… nunca lo sabría, pero cuando lo hizo volvió a encontrarse con unos ojos verdes que no le resultaron desconocidos.

El cruce de miradas duró en realidad un breve instante pero para los protagonistas del momento la escena transcurrió como a cámara lenta… otra vez esa sensación excitante de desnudarse mutuamente sin necesidad de tacto.

Pero esta vez un obstáculo en forma de mascarillas escondió la humedad en los labios de ella y la sonrisa de asombro de él.

Le vio alejarse en compañía, después dejó el libro en la arena y se acercó al agua. Aunque caminaban en direcciones opuestas ambos giraron un momento la cabeza… pero sus miradas ya no volvieron a encontrarse.

Continuará…

Instantes fugaces (primera parte)

En el tren

56 minutos… ese era el tiempo que tardaba el tren de las 17:15 en recorrer la distancia entre Vigo y Santiago. Apenas una veintena de pasajeros en todo el vagón. Se acomodó en su asiento, se quitó la bufanda, conectó los auriculares a su móvil y se entretuvo en observar el paisaje que iba quedando atrás. La oscuridad del túnel propició una imagen de casi espejo y fue entonces cuando notó que él la observaba a unas cuatro filas de distancia.

Giró despacio y disimuladamente la cabeza hasta tropezarse con aquel par de ojos verdes… pues sí, el reflejo de la ventanilla no mentía, aquella mirada iba dirigida sin duda a ella. Tardó algunos minutos en unirse al juego pero … ¿por qué no?, lo más probable es que sólo coincidiesen durante ese viaje. Dos desconocidos que cruzan sus vidas un instante fugaz… nada que perder.

No necesitaron manos para desnudarse, les bastó sostenerse la mirada y dejar el resto a la imaginación.

“Próxima estación Santiago de Compostela, next stop Santiago de Compostela”.

Él volvió entonces la atención hacia su acompañante que, sentada a su lado, acababa de despertarse. Ella se envolvió en la bufanda, comprobó que no se dejaba nada en el asiento y se encaminó a la salida. Sólo hubo un brevísimo contacto, el de su abrigo contra el codo de él apoyado en el reposa-brazos al cruzar el pasillo a su altura.

Terminaron el juego, él proseguía viaje hasta A Coruña. Se giró para verla por última vez mientras se mordía el labio inferior y ella… le devolvió la sonrisa.

Continuará…  

De vuelta a los 70

Ventanas abiertas, ropa tendida, luces encendidas al anochecer y algarabía de niños correteando por todas partes. La vida ha regresado al pueblo.

Y yo, que he pasado casi todos mis agostos en la aldea, tengo la sensación de haber vuelto a los años de mi infancia cuando las vacaciones de verano eran sinónimo de estar con los abuelos, reencontrarse con los primos y jugar todo el día, despreocupados, en plena naturaleza.

Con el paso de los años muchos dejaron de venir, escogieron para “vacacionar” destinos más turísticos, más “glamurosos”, más lejanos, y cuando ya no había abuelos que visitar muchas casas se cerraron y el olvido las fue devorando poco a poco. Aldeas enteras se vaciaron, las paredes de sus casas empezaron a desmoronarse engullidas por hiedras y zarzas que borraron todo rastro de vida pasada en ellas.

Ayer salí a caminar con mis perros como todas las tardes, esta vez me acompañaban dos niños y sus jóvenes padres. De repente en un recodo del sendero se nos cruzó veloz como un rayo dorado un precioso zorro. Ante los ojos cargados de asombro de los niños, aquel animal salvaje acababa de convertir la tarde en una emocionante aventura, y era sin duda mucho más fascinante que cualquiera de las criaturas de ficción que aparecían en sus habituales videojuegos. Por primera vez en su vida habían visto un zorro “de verdad” en su hábitat natural.

Me resulta esperanzador todo esto, porque tal vez algunos de estos niños quieran volver a pasar sus vacaciones en el pueblo. Tal vez algunas de estas familias empiecen a darse cuenta que el campo puede ser un destino tanto o más atractivo que cualquier resort o ciudad de vacaciones de moda. Tal vez tomen en consideración la idea de que cuidar y abrir de vez en cuando la “casa de la aldea” es una buena inversión. Tal vez vuelvan a llenarse de gente los pueblos como en los veranos de los 70…

Y es que, como me confesaba ayer el padre de los niños: “yo ya me lo estoy planteando, si nos vuelven a cerrar Madrid… ¿que mejor sitio que este para pasar otro confinamiento?”

Ventanas abiertas, ropa tendida, luces encendidas al anochecer y algarabía de niños felices correteando por todas partes. Da gusto ver como la vida ha regresado al pueblo.